La definición histórica de los nombres Eneko y Oneka



Artículo para el diario Orain. 19 de octubre 2017.
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El artículo indaga en el significado de las raíces etimológicas de "eneko" y "oneka" como "Enea" y "Gunea" y argumenta la relación con el sistema social donde se adoptaban esos nombres.

La definición histórica de los nombres Eneko y Oneka

A día de hoy no existe una cantidad significativa de indicios acerca de la persona de Eneko Arista, que ha sido trasladado hasta hoy como el primer rey de Pamplona (y por ende señalado como de Navarra). Al acercarnos a su vida averiguamos más bien poco: algunos hechos históricos, su edad de fallecimiento, sus familiares, sus circunstancias políticas… y varios “nombres” con los que se le denomina en la historiografía. Con esos sobrenombres proponemos en este artículo la traducción de “eneko” y “oneka” como “el de la casa” y “la del espacio”, el “rey y reina” que podemos asimilar hoy (aunque ésta es una traducción abreviada que resultaría sorprendente en aquel entonces ya que, de ser así de literal, hubieran utilizado rex o alguna derivada etimológica propia de rey y reina).

Reduciendo todos los sobrenombres para no saturar el argumento podemos decir que “Eneko Arista” o “Íñigo Arista” es la conjunción contemporánea del personaje histórico conocido como Enneco Enneconis. Este dirigente histórico es mencionado como Enneko Ennekez en idioma euskaro, como Wannako ibn Wanniko en arábigo y también como Iñigo Iñiguez en un romanizado emparentado idiomáticamente con Enneko. Pero estas tres acepciones del mismo “nombre” no señalan exactamente su nombre propio ya que también encontramos para él el Haritza de la versión euskara en Enneko Haritza, o el Garsiya ibn Wannako al-Bascunisi en arábigo.

Muere en el año 852 dC habiendo nacido en 780 y fuentes como el Códice de Roda y el escriba Ibn Hayyan dan pocos datos sobre él y su circunstancia familiar y política, antes y después de su nacimiento. Son fuentes en las que poco o nada se describe sobre el individuo y su vida personal.

Ibn Hayyan, en el Muqtabis, y cuando éste narra las expediciones de Abd al-Rahman II sobre Pamplona, su traductor Levi-Provençal, deja pistas de la situación del famoso fuerte euskaro de “Sajrat Qais” en Orarregi pero también sus estudios posteriores dejan un dato significativo sobre Eneko Arista que añadiremos a vuela pluma en este artículo.

La historia reflejada por Ibn Hayyan describe que la incursión de Abd al-Rahman II de 843 dC es para vengar lo que los pamploneses habían hecho contra Harit en un momento en que Pamplona estaba tensionada entre pro francos (los Velasco) y cristianos (que acabarían por reinar con Eneko Arista al frente).

Una incursión para vengar una acción acometida a “Harit” que se propone como una de las causas que llevarían a su demacrado estado final y la parálisis con la que fallece Eneko Arista, Harit. O Haritza, el Roble en castellano. Denominado también como el vascón y también como el primero de los vascones. Y si, tiene muchos apelativos, de hecho estos últimos aparecen casi literalmente en el arábigo ibn Wannako al-Bascunisi, “el enneko de los vascones”. La definición comienza a dibujarse pero no acaba por desenmascarar su significado integral.

Sintetizando vemos que sobre la misma persona encontramos tres “nombres propios” según la idiomática: Haritza, Harit y Arista, pero sabemos que vienen acompañados de un Enneko (Haritza) o Iñigo (Arista). Para señalar la definición de enneko (wannako e iñigo) también vemos que aparece en enneko ennekez (wannako ibn wanniko e iñigo iñiguez) con el patronímico –ez. Aquí, cuando aparece con el patronímico, hace referencia a sus antepasados, a su procedencia. Enneko Ennekez es “enneko hijo de enneko”.

Tendidos y definidos todos los apelativos de Eneko Arista hemos de decir, una vez más y muy humildemente, que el análisis histórico del personaje quedaba incompleto hasta aquí y hasta hoy. Hasta hoy hemos recordado a lo largo de la Historia reciente que ésta de los euskaros era una cultura diferente; pero tímidamente hemos aplicado lo que conocemos de ésta cultura a la interpretación misma que hacemos de ella y de todos los segmentos que la conforman. Éste es el segmento de sus dirigentes, el de su enneko, y hemos estado obviando, ni más ni menos, que su característica cultural del dualismo nos trae a la luz en este segmento a la otra parte del “dúo”: onneka. Ni más ni menos que la otra parte y la esencial en una sociedad como la euskara matriarcal: la mujer (y sin querer ampliar el totemismo que también podemos ver en este comportamiento sociocultural).

Recalibrada pues la argumentación con estas características de la cultura euskara queda por preguntar a la palabra, como decía aquel profesor de la infancia, y hacerlo en este caso con el patronímico. Antes de preguntar sobre ennekez ya deducimos que enneko no es el nombre propio, sino Haritz, y que de forma estricta enneko es un apelativo, no un nombre propio.

Iñiguez y ennekez son hermanos en una misma etimología en enne y para saber el significado hemos de añadirle el de ella: onne. Al hacerlo, al sumar las dos partes del mismo sistema, se puede ver cómo la dirección y representación político-social era señalada con “enne” y “onne”. Estos dos términos son, al traducirlos a la etimología actual, la equivalencia de “enea” y “gunea”, “la casa” y “el espacio”. Eneko y Oneka son los apelativos que describen junto al dualismo o el totemismo otra parte característica de la cultura euskara: fijación a la familia y al clan, enne, y fijación a la tierra y madre naturaleza, onne. “El de la casa” y “la del espacio”, enne-ko y onne-ka. “El de nuestra casa” y “la de nuestro espacio”.

Una vez explicado todo este embarullado (ha de disculpar el lector la repetición de tanto nombre y sobrenombre) brota de forma medianamente fácil la etimología completa de estos nombres. Enneko viene a ser literalmente “el de nuestra casa”, y Onneka “la de nuestro espacio”. El representante de todas las casas y la representante de todos los espacios. El rey y la reina dicho hoy coloquialmente.

Memento: Eneko Arista, Enneco Enneconis, es un personaje histórico que junto a otros de aquellos siglos permanece en la mayor de las penumbras históricas. Éste memento no es tanto por él y ellos sino por ellas, las onnekas, siempre desaparecidas y completamente borradas de la historia en el choque con el sistema patriarcal.


La figura del toro en la historia de Navarra

Artículo para el diario virtual "Orain". 11 septiembre de 2017. 
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El artículo centra el foco en la historia del toro en el rito religioso del taurobolio y explica el contexto de su asentamiento en la zona de Navarra.
 
La figura del toro en la historia de Navarra

Actualmente debatimos si la tauromaquia debiera ser apercibida de extinción o si por el contrario debiera dejarse morir como arte para quien quiera entenderlo. Una vez más en estas fechas, en la sociedad, acostumbrados a hacer valoraciones antes de analizar la temática a examen, discutimos el tema de la tauromaquia sin haber practicado un argumentado histórico del asunto. Como diría Machado, la sociedad española desprecia lo que ignora, y este es sin duda un gran ejemplo de esa mala costumbre.

Ahora que finaliza el verano y en Navarra terminan las fiestas de los pueblos es necesario traer a la palestra una aportación histórica a este debate sobre la tauromaquia. Y es que Navarra fue cuna del origen de ese arte. Cuna, simiente y ganadería, por decirlo de forma irónica y resumida.

En el Ebro, sobre la desembocadura del río Alhama, estaba situado el altar de la diosa romana Cibeles (el ara de Cibeles). Este altar de Cibeles describe de forma muy particular el comportamiento social histórico de Navarra y, en concreto, pone sobre la mesa el ritual mistérico relacionado con toros llamado taurobolio, un evento religioso-personal de los zonales de la diosa Cibeles.

En estos zonales, y particularmente en el de Navarra, se ejercía un rito religioso en el que se participaba individualmente o se pagaba una representación profesional para dar muerte a un toro. En este acto del taurobolio, casi como en la actual tauromaquia, se sacrificaban toros a Cibeles en un lugar colectivo, aunque con la excusa de evolucionar al siguiente estadio de madurez personal.

Dicho rápidamente, era la típica prueba personal que podemos ver en multitud de narraciones para procurar la participación de cada persona en una sociedad. En este rito del taurobolio una persona saltaba a una fosa y se enfrentaba al toro (de forma más o menos artística) para sacrificarlo en consagración a la diosa y también como comida. Desnudos de cintura para arriba iban paseando jóvenes y profesionales del arte sobre un foso que se vestía y engalanaba en honor a Cibeles allá por finales de marzo.

Son precisamente estas fechas de taurobolios y de siembra de cosechas las que hoy guardan las “fiestas pequeñas” de muchos pueblos de la Ribera navarra. En ellos, entre los numerosos motes, todavía hoy heredan apodos como galos o carriciris, que son testigos históricos y patronímicos de esta ritualidad del toro.

Los gallus-galli, los galos, fueron los clérigos de la diosa Cibeles. Unos auténticos sacerdotes de entonces que, en el rito del taurobolio, en lugar de emascular al toro en el foso tras consagrar su muerte, habían decidido optar por la vida religiosa y se habían emasculado a ellos mismos. Y pudieron elegir la forma de emasculación, bien por corte del todo (para que nos entendamos) o bien por aplanado del todo (tal cual). Y  lo hacían, esto sí, cada uno de ellos a sí mismos. Aquí no había profesionales del arte.

El toro en cuestión, el animal, un ser admirado y respetado como podemos suponer, hasta su llegada al foso del taurobolio, pasaba por un recorrido geográfico que hoy podríamos describir como un encierro larguísimo por las vías romanas. En ese trayecto se les encauzaba con carros y caballos desde su lugar geográfico hasta el foso que los consagraba. 

¿Y a dónde se les llevaba?

En la Ribera, concretamente en el limes entre Corella y Tudela, en los Montes del Cierzo, aparece el topónimo casetón de la plaza de toros junto al de majada de vacas. A través de estos topónimos podemos hacernos una idea del acontecimiento social que era este rito mistérico. A este acontecimiento social en la plaza precisamente se acercaban varias vías romanas vicinales desde el núcleo del aro sagrado en Araciel en Corella, desde el otro lado del Ebro en la Bardena, desde Cascante y de Fitero y Cintruénigo.

Es un recinto de unos 123.000 metros cuadrados con una más que subrayable importancia histórica y arqueológica. La plaza tiene entre sus características desde graderíos hasta horadados geológicos dispuestos estratégicamente por el ser humano.

Una plaza que está precisamente en el límite del aro sagrado de la diosa Cibeles a quien se le ofrecía este tipo de ritual y de sacrificio. El aro sagrado, el pomerium, tiene su centro en Araciel y es interesantísima esta relación plaza-altar de Cibeles en el Ebro.  

En esta plaza de Cibeles y su geografía en el Ebro, se consagró un tipo de toro particular llamado “karriquiri” que referencias bibliográficas de la tauromaquia como “El Cossío” señalan como la pieza clave en el origen de la genética de los “toros de lidia” actuales. Los carri-ciri. 

Ciri es “eje” en euskaro, y fue esa pieza fundamental de la rueda de los carruajes antiguos, de los carrus-carri en latín. El “carriciri” debió ser aquella pieza del centro de la rueda que la soportaba en el carro y se erosionaba por el roce del giro de la rueda. Una pieza importante del carruaje y además sometida a mucha erosión, el eje, el ciri

Esta pieza, seguramente debido a la excepcional calidad de la madera euskara, debió ser comercializada como “carriciri” en los establecimientos de la vía romana que servían para reparar y mantener los carruajes, las mutatio, las estaciones de servicio de la antigüedad.  

El toro de tipo karriquiri, de conocido origen en las faldas del Pirineo occidental y denominado “raza navarra”, vendría a ser el eje genético que necesitaron para la creación del actual “toro de lidia”. 

Hemos de tener en cuenta que animales con cuernos como los antiguos uros o los bisontes europeos no eran precisamente conocidos por su bravura y energía, y un animal como el karriquiri fue ese perfecto eje genético de cornúpetos para espabilar la raza. Así lo describe “El Cossío”. Los animales necesarios para realizar una artística faena (de lo contrario el acto se convertía en un lento paseo y sacrificio de toros manseando).  

Este parece a grandes rasgos el origen del arte de la tauromaquia que decíamos necesario conocer en el debate. De aquí podemos desprender, y es obligatorio anotar, que este es uno de los muchos intercambios entre las sociedades euskara y peninsular en la Historia. La tauromaquia es el resto costumbrista del evento taurobolio, o de un arte, que ha perdurado 2.000 años.

Cibeles en el Araciel del Ebro y Silvano en la Aracaeli del Arakil

Artículo para el diario virtual "Orain". 4 de agosto de 2017. 
http://navarra.orain.eus/cibeles-araciel-del-ebro-silvano-la-aracaeli-del-arakil-texto-eneko-abal/

El artículo explica la relación de deidades y geografías que confirman en el “Informe Silbaniano” a los aracelitani de Plinio y su relación con los aracellitani del Arakil. El texto repasa el recorrido cronológico sobre los topónimos “Araciel” y “Aracaeli” hasta entrado el medievo. 

Cibeles en el Araciel del Ebro y Silvano en la Aracaeli del Arakil

Cuando Aníbal aparece en la geopolítica europea, Roma, que se ve amenazada, ve obligado consultar los Libros Sibilinos en el 205 aC. El oráculo de la Sibila de Cumas aconseja en esos momentos de incertidumbre llevar a Roma la piedra negra o betil que simbolizaba a Cibeles y su culto (que entonces no estaba entre los principales). No sería hasta el año 194 aC cuando se construye el templo del Palatino en la capital romana y su práctica religiosa, que era diferente a otras, se extiende por toda la geografía romana.

Cibeles decimos que tenía un culto diferente y es porque su práctica religiosa fue de las primeras religiones mistéricas que aparecían en Roma. Con este tipo de religiones, o mejor dicho gracias a ellas, se practicaron rituales que fueron el contrapeso institucional que necesitaba Roma a la llegada de Aníbal, Cartago y sus nuevas formas sociales. Está claro que la Sibila sabía muy bien qué hacer en caso de gran peligro para unas aspiraciones tan extensas, así que en este caso de 205 aC aconsejó sumar a los ritos que se practicaban, los cívicos, un “nuevo” tipo de religiosidad para aglutinar en torno a Roma a más sociedades. Son los ritos mistéricos.

La cuestión del adjetivo “mistérico” radica en que ese tipo de práctica religiosa tenía en el transcurso de la vida de cada persona y cada comunidad una serie de acontecimientos denominados “misterios”. Estas actuaciones en la vida servían como pruebas espirituales de aquel momento (siempre generalizando humildemente), y eran vivencias que el individuo estaba obligado a pasar y a menudo a no contar bajo pena incluso de muerte. Estamos hablando de grandes ayunos en comunidad durante días, de pruebas rituales sociales y demás escenas que cualquiera podemos imaginar.

Las que explican la relación entre Araciel, los Aracelitani de Plinio y la diosa Cibeles propuesta en el artículo de  “Graccurris, el Ebro y Cíbeles” son entre otros los misterios Eleusinos. Unos ritos que estuvieron presentes en la sociedad desde el siglo VII aC al menos (Himno de Deméter) y hasta que empieza la destrucción de templos por orden de Alarico en el 394 dC. Fueron al menos mil años.

Los aracelitani practicaban unos ritos religiosos por los que sufrieron pérdidas y batallas

Estos misterios también los componían las Dendroforias, las fiestas de Deméter, que consistían en llevar en procesión la figura de un árbol; concretamente y en el caso de esa diosa griega, un pino. En el caso de Cibeles y el topónimo Araciel podemos ver a pocos metros el “ontinar” o un “encinar” (este último declarado Monumento Natural e incomprensiblemente sin una de sus 3 encinas históricas ya que justo hace un año la declararon oficialmente seca).

Esto de sacar en procesión la figura de un árbol asociado a una divinidad también ocurría en otras religiones mistéricas que acompañaban a Cibeles en el oráculo, como las de Apolo o Silvano. Unos comportamientos que como vemos, realmente todos formaban parte de una misma religión. Básicamente lo característico era más bien la deidad y las formas de práctica religiosa para con ella, no tanto que todos los dioses tuvieran misterios y ritos iguales. Depende de si vivías en una montaña o en el plano, tenías una deidad u otra. Y dependiendo de qué deidad, unos misterios o otros. O no los tenías y practicabas ritos cívicos.

El caso que nos ocupa sobre los topónimos de Araciel y de Aracaeli propone la existencia de los aracelitani que Plinio describía en el entorno del Ebro. De ellos conocemos que protagonizaron batallas, que además con el tiempo son enmarcados como parte de esas comunidades denominadas bagaudas, y que fueron un importante y desconocido movimiento social en la caída del sistema romano.

Los aracelitani se movieron sobre el valle del río Arakil como aracellitani

Con los aracelitani de Plinio en el Ebro nos encontramos ante una sociedad que se comportaba en torno a una deidad que tenía un ara, un altar, y que ésta debió ser lo bastante famosa o prominente como para denominar a su comunidad “los del altar”. Era la madre de todas las aras, la de Cibeles.

Estos aracelitani del Ebro y del ara de Cibeles tenían sin lugar a dudas actitudes y comportamientos mistéricos, lo que les valió el apelativo mencionado y evidentemente su diferenciación frente al resto de comunidades. Tanto es así que en el 443 dC, Asturico o Merobaudes, generales hispanorromanos de la época, están en conflicto con unos bagaudas primero y unos aracellitani después. Estos últimos además sufrieron graves pérdidas en batallas como la de Araciel y también “cerca de Pamplona”. Más tarde y sobre la misma geografía, es conocido que en el Ebro existe un denominado “obispo Silvano de Calahorra” que cambió su sede a otra que estaba “vacante”, lo que provoca un gran conflicto.

Esta acción del obispo Silvano de cambiar a una sede vacante y otras afrentas contemporáneas las narra el propio Papa San Hilario en sus decretales de 465 dC. Describe el intercambio de quejas del organismo central de Zaragoza frente a Silvano y también las denuncias firmadas por el propio obispo Silvano por la gravedad de los acontecimientos. En ellas se describe esa queja por cambiar la sede de Calahorra a otra vacante sin permiso del remitente, Zaragoza, a lo que el Papa responde discutiendo a Zaragoza y argumentando que los nobles de Varea, Tricio, Herramélluri, Bribiesca, Tarazona, Cascante y Calahorra están junto al obispo Silvano.

Los aracellitani del río Arakil son denominados como Castro Silbaniano 

Del obispo Silvano tenemos pocos datos que reflejar a consecuencia de las leyes de desaparición de piedras y documentos tras la conquista. Lo poco que conocemos de él es que el sobrenombre “Silvano” no era su nombre propio y que, sin aparentemente relación, Lacarra, Arbeloa o Martín señalan un “Castro Silbaniano” en el Códice de Roda o los Anales de Pamplona.

Silvano, la deidad, de forma estricta, es un dios que podemos decir que está jerárquicamente “inferior”, “que está bajo”, aunque también “que es afluente” de Cibeles. Y no era solo una deidad, eran en realidad tres deidades a las cuales se les denominaba de forma conjunta como “silvani”. Estos 3 Silvanos eran: Silvanus sanctus sacer Larum (situado en la zona del monte propiamente llamado Aralar), Silvanus Salutaris (en la zona de Agurain), y Silvanus Orientalis (el de la zona de Irurzun y que contenía la histórica Sajrat Qais (en el monte Gaztelu). Juntos conforman un extenso Castro Silbaniano que era afluente de Cibeles a través del río Arakil que los escribas arábigos describieron como “río Argo”. Era el arako euskaro, el río de las aras.

Las cadenas de Navarra y la reivindicación histórica de su independencia

Artículo para el diario virtual "Orain". 15 de julio de 2017. 
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El artículo es un resumen del informe sobre “La Cadena o el Carbunclo Pomelado” en el que se exponen de forma crítica los acontecimientos históricos que dan lugar a la figura de las cadenas en el escudo de la actual Comunidad Foral de Navarra.

Las cadenas de Navarra y la reivindicación histórica de su independencia

No es una coincidencia que abunden en estos días charlas, artículos y demás explicaciones sobre Navarra, su bandera, la Batalla de las Navas de Tolosa de 1212 o la invasión de Navarra en 1512. En este mes de julio se cumplen 805 años de la Batalla de las Navas, 505 años de la conquista de Navarra, y 107 años de la presentación de la bandera con cadenas que aún vemos en su escudo oficial. 

Una conquista (la resumida en 1512) que no ocurrió durante un año o en un mes de julio; más bien se produjo durante un largo proceso de siglos, revueltas y disputas. En ese recorrido cronológico, la batalla de Úbeda de 1212 entre las navas arábigas y las europeas es uno de sus puntos de inflexión más conocidos y recordados. Aquella Batalla de las Navas de Tolosa se denomina en el lado árabe como la “batalla de la cuesta”, y de ella se cuenta hasta hoy que es la causa de que aparezcan unas cadenas en el escudo de Navarra (según la Ley de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra o LORAFNA). 

En la mencionada ley, se describe que las cadenas en el escudo de Navarra son las que se arrebataron “al rey moro Miramamolín el Verde, Al-Nasir” tras perder la contienda. Unas cadenas metálicas que rodeaban la tienda del general árabe, en una estudiadísima formación defensiva, como podemos imaginar. Unas cadenas que, con el tiempo, también describieron en sus documentos el Príncipe de Viana, Carlos; o que se referenciaron en el Privilegio de la Unión de Pamplona. Menciono ambos por ser posteriores a 1212, y por sacar a colación las referencias más típicas.

El asterisco de ocho brazos que fue el dios Sol Ekhi  

Sin embargo, hoy conocemos que, tras la batalla de las Navas de Tolosa, el escudo del Reino permaneció inalterado con otra figura, y no con unas cadenas. Dicho escudo anterior era una forma que la heráldica denomina carbunclo pomelado; dicho coloquialmente, un aspa de ocho brazos en oro y con remates. Un asterisco de 8 brazos, para entendernos, que no aparecía con cadenas. El escudo de Navarra (del cual nos centramos solo en su cruceta) guarda su definición estricta en el Libro de Armas del Reino de Navarra: “boca de medio punto, campo de tinta plana gules, el carbunclo cerrado, pomelado iluminado de oro y delineado de sable”Este asterisco o carbunclo ya se había descrito anteriormente, por ejemplo como “bucles d’or mier” en la Chanson de Roland. Y además añadiendo un “d’or est la bucle et de cristal listet”. Estas “bucles” son, en la idiomática romance del lado norte del Pirineo, las antecesoras del “carbunclo”. Más tarde pasan de “boucle” a “escarboucle”, y de “escarboucle” a “carbunclo” (denominado también, y para ampliar, “bloca radiada”).

Para dejar de lado la etimología: podemos decir que el carbunclo o “carbunco” fue una voz utilizada en la poética antigua para definir un objeto que “luce en la oscuridad como el carbón encendido”. Un objeto reluciente que, en la época, era llevado en el frontispicio del yelmo por las personalidades de algunos campos de batalla. Carbunclo fue la forma de denominar no solo al objeto que brillaba, sino también al conjunto completo, con sus brazos brillantes.

Otra referencia fundamental del aspa de ocho puntas aparece también en los propios escudos de la batalla, concretamente en su centro, que estaba protegido por un elemento en aspa radial a modo de sujeción y fortificación de la estructura en los golpes. Incluso la carlina acaulis o “Eguzkilore” es en sí misma una forma de aspa, una bloca radiada. “Eguzkilore”, la flor sol, es también un reflejo del dios Sol representado de forma mínima como un asterisco; un asterisco, una cruceta, que fue en la sociedad eúskara la diosa “Ekhi” ancestral, que aparece junto a su hermana luna en algunas estelas funerarias.

Las cadenas se ganaron por las armas

Pero antes de que Europa utilizara la heráldica y los escudos para distinguirse unos de otros, cada estado-nación se simbolizaba por el sello de su representante en los documentos oficiales. Una representación que hoy podemos ver en las típicas escenas de cine medieval, en ese típico anillo marcado sobre cera roja para dar validez a un escrito. Esos sellos fueron en su día la forma anterior de representar una sociedad. En nuestro caso de 1212 y las cadenas de Navarra, nos centraremos en los de antes y después de la batalla: el sello-incógnita del rey anterior a las Navas de Tolosa, Sancho VI el Sabio, y la admirada águila negra de Sancho VII el Fuerte, el rey navarro en aquella contienda. 


Sancho VI el Sabio (1150-1194) pudo ser, fue, denominado “Sabio” por unos logros en la reforma de la administración y la gobernación de Navarra. Y decimos bien: “gobernación”. Sancho el Sabio, hijo de Sancho el Restaurador, había heredado de su padre el objetivo de una reforma en Navarra. Esta reforma (siempre resumiendo de forma muy humilde toda una serie de circunstancias) tenía como objetivo ser reconocidos como reyes (Rex) en lugar de duques, que era como se les trataba en las macroinstituciones europeas de entonces. Es poco conocido que la Historia de Navarra y la de Europa en aquellos siglos estaba siendo inundada por una auténtica ola reformista en las leyes de todas sus sociedades. En aquel clima sociopolítico, las zonas cuyos representantes eran elegidos por su propia sociedad eran tratados como duques (repetimos que hablamos de forma genérica); es decir, no eran reyes porque no eran señalados por las instituciones imperiales, sino elegidos por su pueblo.

Era una crisis legal de su tiempo. Federico I “Barbarroja” ya había tenido problemas para aprobar sus “leyes de Roncaglia” en 1158; y, a rebufo de sus tensiones con la Iglesia, surgieron otras, como las de Sancho el Restaurador de Navarra, las de Sancho el Sabio o las de Sancho el Fuerte, que también las tuvo.

Estas tensiones de Navarra y sus duques-reyes concluyeron con el necesario entendimiento para llevar a cabo la Batalla de la Cuesta de 1212. Allí, la llegada de Sancho el Fuerte a la contienda supuso la narradísima victoria contra Miramamolín y los árabes y, según el biógrafo de Sancho VII, Luis del Campo, añadió el apodo de “el Fuerte” al representante de Navarra, llevándose las cadenas que había arrebatado al general “moro” en la disputa.

Las cadenas se convierten en el símbolo del reino

Dos siglos más tarde de la Batalla de la Cuesta, y en una situación de reivindicación regia más que comparable a las del Restaurador y las del Sabio, el Príncipe de Viana Carlos (“Karolus” o “K” en los documentos), amenazado su reinado, denunció las agresiones que sufría con una excepcional argumentación del reinado de Navarra: “Tomó el encadenado de los camellos y de las tiendas y conquistó las cadenas por armas”. En esta afirmación conocemos la explicación del encadenado defensivo y táctico de Miramamolín el Verde, que era utilizado en muchas contiendas arábigas, pero… ¿qué cadenas conquistaron por armas?

Una cadena no solo fue un grillete para esclavizar a alguien, ni unos eslabones más o menos bonitos que colgarse al cuello. “La cadena” también fue un lugar físico donde pagar un tributo. Fue, de hecho, un pago tras un lugar físico de la geografía. Y es una más de las toponimias históricas de Navarra que podemos añadir a otras como facerías, mugas o navas. “La cadena” fue un lugar físico que aún podemos ver hoy en multitud de topónimos cadena con el propio de “cadena”, en “calera” y en las decenas de acepciones euskaras con la raíz “kate-a”.

Efectivamente, es un lugar físico en el que se marcaba la entrada a una legalidad diferente y por ello se pagaba un tributo. Estos lugares (y para describir su geografía de forma descriptiva) tienen una narración similar a la cadena de Constantinopla, en el Cuerno de Oro del Estrecho del Bósforo. La antigua ciudad de Constantinopolis estuvo situada en un puntal geológico sobre el agua y, aunque su situación la hacía casi inexpugnable, se ingenió un resguardo de cadenas sobre el mar por uno de sus flancos marítimos. Eran cadenas soportadas por boyas flotantes que servían para delimitar y defender la bahía de Constantinopolis. Un sistema utilizado también en Sevilla, su Giralda y su Guadalquivir; utilizado también en el castillo de Graccurris (Castejón), su “giraldilla” y su Ebro. También en Tudela, Artajo, Mués, Urroz, Odieta, o los de Estella o Pamplona. 

Cada uno de los zonales toponímicos donde aparece una cadena desprende siempre características semejantes: el topónimo cadena brota en lugares estratégicos y de paso, generalmente en un embudo geológico. Así pues, estas características sugieren que las cadenas, la cadena en el escudo, era ese elemento físico y representativo de esas circunscripciones y tributos que Navarra y sus reyes reivindicaban independientes al resto.  

La cadena, símbolo reivindicativo de independencia

Pero en 1512 Navarra, su reinado y su territorio, fueron conquistadas “a sangre y fuego”. Las cadenas quedaron entonces divididas en tantos lados como tiene el Pirineo y, a partir de aquel momento, su luchadora monarquía siguió señalando a las cadenas de Navarra. Una de esas monarcas, Juana III de Albret, poco después de la conquista de Navarra y de que se ejecutaran las leyes de Cisneros para destruir piedras y documentos navarros, encargó a Joannes Leizarraga que imprimiera en lengua euskara un texto religioso: el Nuevo Testamento.

De aquel documento no solo se ha heredado una idiomática hasta hoy, sino que su portada dejó una contradicción en el escudo (o una reivindicación) que tras 500 años de violencia sobre Navarra es posible analizar sin tantos complejos.




Durante siglos, capiteles, frontispicios, escudos de esculturas, de monedas, grafías y hasta el texto de Juana III de Albret, mostraron de forma reiterada las cadenas en el escudo. En todo aquel tiempo aparecieron representaciones del escudo con las cadenas de su reino, aun cuando sabemos que la oficialidad del Libro de Armas del Reino de Navarra legalizaba un carbunclo pomelado, no unas cadenas. Las imágenes y representaciones de la cadena se proponen, pues, como una forma antiquísima de simbolizar la reivindicación de independencia de Navarra. Y datan, precisamente, de los siglos de las reformas del Restaurador y el Sabio. 

Tras la conquista y la reina Juana de Albret, llegó el siglo XVII, las revoluciones y la imposición de su racionalismo. La horquilla temporal de ese racionalismo, sus reinterpretaciones y sus consecuencias provocaron una aparente desaparición de toda simbología ancestral-natural, incluida la de las cadenas. Aunque sí que seguían mostrándose paradójicamente en los escudos de las monarquías que se las habían adueñado.

No fue hasta el siglo XIX, después de los enfrentamientos bélicos y sociopolíticos, cuando volvieron a aparecer en la oficialidad del territorio las cadenas. En aquel contexto, en las primeras décadas del siglo XX, la Diputación Foral de Navarra, un órgano que aún heredaba rasgos legales y normativos de hace siglos, encargaba una bandera y un escudo a un grupo de estudiosos: Julio Altadill, Hermilio de Olóriz y Arturo Campion. Es entonces cuando vuelve a brotar el aspa de ocho brazos que conocemos en el escudo de hoy: con las cadenas de su reivindicación histórica de independencia.

La cuenca del Bidasoa, cuna de los "nabarri"

Artículo para el diario virtual "Orain". 17 de junio de 2017. 
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Este artículo resume el informe sobre “Baztan o el Océano” en el que se describen los elementos estructurales de su sociedad en la horquilla temporal de los siglos IV, V, VI y VII, un sistema formado por numerosas fortalezas a lo largo de la vertiente hídrica del río Bidasoa pobladas por la sociedad “nabarri”.



La cuenca del Bidasoa fue cuna de los Nabarri

En general, el estado en que encontramos los restos arqueológicos y bibliográficos de Navarra es lamentable. Igual de digno de lamentar es el haber perdido su legalidad, sus formas legales de fuero,  desde el reino del siglo XV o bien desde la revolución del siglo XVII. En el caso de la sociedad que habitaba el río Bidasoa y su rastro altomedieval, al igual que con otros zonales euskaros, también es necesario emplear una metodología crítica para acercarnos al espacio vivido.

En el caso del río Bidasoa y de su Baztan es de recibo anotar desde la introducción algunos puntos necesarios a recordar. Primero que estamos probablemente ante el zonal más complejo de todos los mencionados en el listado de los 19 “vascones” que delimitaban Ptolomeo, Plinio o Antonino. Segundo: que es por su idiosincrasia el más característico de todos cuantos conmemoran la templanza histórica nabarra, ya que su sociedad aparece como los primeros nabarri conocidos. Y por último y como podemos imaginar por su gran extensión, es del que menos restos arqueológicos y bibliográficos tenemos en proporción con los del resto de la lista clásica. Una numeración de “vascones” en la que por cierto y de nuevo, se practicaba el extraño error metodológico de traducir el valle del Bidasoa con, simplemente, la ciudad de la desembocadura del río y los alrededores inmediatos, la Oiasso del los mapas e itinerarios. 

Incertidumbre sobre el valle de Oiasso y la vía romana hacia Pamplona

El error, común en muchas partes de la historiografía, sienta la base de otro al trasladarnos una  interpretación histórica en base a una percepción determinada, pero que poco tiene que ver con la realidad de aquel momento. La realidad histórica del valle del Bidasoa se había analizado con la metodología antigua y ha venido dando como resultado una contradictoria interpretación de los mapas y recorridos del viario altomedieval. En esta parte del Pirineo, si al norte de la Oiasso romana (Hondarribia-Irún) se extiende el viae atlántico, que era de reconocida reputación comercial en esta horquilla temporal; si al sur del valle del río que desemboca en Oiasso aparece el castro de los pampilonenses, que es el central de todos los que conforman la sociedad euskara; si el río de los pampilonenses desemboca en la Graccurris del “Emporion” comercial del Ebro; ¿es realmente posible que el valle del Bidasoa, Baztan y su conexión con los pampilonenses fuera un lugar de “no romanización” o “romanización tardía” o “bárbaros” o “sin civilizar”? ¿En contraposición a unas sociedades conocidas por la utilización de dos idiomáticas y con testimonios de sus interacciones político-sociales en el norte y en el sur? ¿Y cuando les observan cientos de tesis sobre su vanguardia en el desarrollo y convivencia de su lengua y su cultura? Todo esto sin mentar su amplia experiencia jurídica y democrática con sus sistemas legales de Nava y de Fuero.

Evidentemente, esta sociedad del río Bidasoa y sus afluentes tuvo en su seno un cuidado entramado viario. De este viae tenemos hoy algunos restos de calzada y algunos fuertes que las leyes de cisneros no acabaron por alcanzar. Este viae se propone como un viae militare que comunicaba estos mediombientes de Pamplona e Irún. En resumida cuenta, la calzada romana militare era uno de los muchos tipos de vía que existieron junto a otros. Este, al no ser el principal, el consulare, no figuró en los mapas clásicos. Esta calzada aparece totalmente parapetada y protegida por el estamento militar para salvaguardar los bienes y personas que circulan en ella. Un vial militar.

Las guías vigilantes de la calzada del Bidasoa

Pero el viae militare romano acabó huérfano tras la caída del Imperio y sin la autoridad imperial se sucedieron revoluciones y revueltas que fabricarían el mapa medieval europeo. En esa horquilla temporal es cuando este trazado, como el del “Emporion” del Ebro, se erige como una de las piedras angulares en la Historia de Navarra dando lugar a numerosísimos hechos que muestran de alguna manera su importancia.

En el norte del valle Bidasoa-Baztan, en la costa del Atlántico, podemos observar aún hoy parte del sistema de cabotaje que describían las decenas de torres-guía para la navegación. Jaizkibel, su monte en forma de pescado recostado sobre el Auñamendi (Pirineo), aún guarda restos arqueológicos de unos elementos estructurales que fueron también aplicados al viae terrestre, sobre todo en lugares como este entre montañas. Eran pequeñas fortalezas en los ángulos de visión más prominentes desde la calzada y el río que servían de guía, aunque también como protección interior del paso de los bienes por estos sinuosos trazados.

Y estas “guías de la calzada” no estaban solas. En los altos más prominentes y estratégicos se levantaba una fortificación para la comunicación de cualquier noticia de la calzada o para ese tramo de la calzada. Y dicho a vuela pluma, esta forma de defensa y comunicación es una herramienta de la sociedad humana muy poco valorada hasta la actualidad, tal vez debido a la visión historicista que se ha venido imponiendo de “la sociedad en los planos”.


El completo del valle del Bidasoa-Baztan alberga los elementos piedra (calzada), agua (río) y fuego (las fortificaciones-guía), lo cual describe un tipo de sociedad y de medioambiente geográfico con multitud de operacionales. Toda esa complejidad queda representada para esta nota en la entrada del Bidasoa pirenaico a Oiasso, donde aún podemos ver restos de fuertes y recorrer el angulado de la vía, perfectamente alineado al canon de las leyes constructivas de Roma y que fue en la época altomedieval rearmado para batallas como las de la Novempopulania, por señalar el más conocido de los acontecimientos en esta horquilla geográfica y cronológica.

Uno de los fundadores de Navarra

En este sentido y para finalizar, cuando en una contienda de Carlomagno aparecen unos nabarri junto a unos hispani wasconi y a unos pampilonenses es, con toda probabilidad, para denominar a los habitantes autóctonos de este Baztan y de otras geografías euskaras que participaban en ese momento histórico en aquellas batallas. La sociedad del Bidasoa, tras la ausencia de Roma y dado que son multitud de navas las que salpican sus territorios, son nominados con el gentilicio nabarri (de naba, de Nabia).

Apuntalando la descripción de la horquilla: Auñamendi y su Pirineo, desde el Garona hasta el Ebro, albergaron el brote del artefacto legal “nava” antes de extenderse y conformar el adverbio político “Navarra” junto a los hispani wasconi y los pampilonenses que aparecían en aquel momento. Así, la división que nos encontramos entre misma sociedad cultural que lucha en un mismo bando en batallas como la Novempopulania devuelve complicadas conclusiones.

En el lado ibérico del Pirineo, mientras tanto, señalan a un obispo y a un castro como silbanianos, o una batalla en la vieja aracaeli mansio como si hubiera acontecido contra los aracellitani. Incluso siguen los modos anteriores y transcriben como si fueran “vascones” a toda una sociedad euskara que, como hemos visto, comenzaba a “romancear” su idiomática para conocerse en ese momento como nabarri, pampilonenses o wascones. Este hecho mismo desprende que Europa ya conocía la pluralidad de la sociedad euskara y su “nabarridad” mientras la zona hispana seguía englobando como “vascones” o “bárbaros” o “sin civilizar”, a un compendio de pueblos que tenían su propia evolución e Historia con los señalados aracellitani, los poco conocidos Movimientos Bagaudas, o las batallas como la de Novempopulania. El detalle de negar una evolución social, esto es política y legalmente, es de por sí una copia de las formas sistémicas que habían sucumbido con el Imperio Romano. Y es algo que hoy parece estar muy en boga de nuevo.